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Siempre tuvo esta parte del territorio sudamericano una importancia excepcional, por sus mismas características del núcleo mediterráneo de la región ecuatorial, andina y volcánica del antiguo Reino de Quito, punto de atracción para variadas migraciones y de convergencia de diversas culturas y, a la par, centro de irradiación de influencias civilizadoras y misioneras; asiento de una de las urbes más antiguas del continente, siempre aureolada de capital, cuna de varones y mujeres de singular valía en la historia, matriz de una poderosa escuela de arte de trascendencia universal y, por añadidura, dueña de uno de los paisajes más hermosos del planeta, de un horizonte constelado de nevados perpetuos, de un cielo esplendoroso, de un clima sin igual, de los más agradables para vivir; así como de un suelo feraz que se rinde generoso ante el esfuerzo humano.


Aunque el nombre del volcán Pichincha es inmemorial y su origen se pierde en los tiempos, su utilización para designar a una provincia del país ecuatorial es relativamente nueva y arranca de la Independencia. En realidad, si toda esta parte de la América del Sur se llamaba Quito, el nombre de la ciudad servía también para designar a la comarca inmediata que rodea a la milenaria capital. Fue durante la Gran Colombia que se denominó Pichincha, a la región.


Mucho se podría espigar en la rica antología de elogios que esta parte del país ha merecido de propios y extraños y que sería largo reproducir. Pero, sin embargo, es interesante citar el testimonio del doctor James Orton, de la Universidad de Nueva York, en su obra «Andes y Amazonas», publicada en el siglo pasado: « El viajero se en canta al ver aquellas praderas que se dilatan en la costa del Ecuador y sobre todo al ver aquella alfombra de perpetua verdura donde reposa Quito, alfombra más hermosa tal vez que la de los ondulantes jardines de Babilonia. El clima es delicioso en grado sumo y aún la Italia, con todos los hechizos de su cielo, queda muy atrás. Si los antiguos hubieran conocido estos valles de la cordillera andina, habrían, sin duda, colocado en ellos los Campos Elíseos y el risueño asiento de la vida larga, feliz y bendecida, soñada por Anacreonte. El clima no es de estío ni de primavera, ni de otoño constante, sino que cada uno de los días del año ofrece la peregrina combinación de las tres estaciones. No se conocen ni la fiebre amarilla, ni el cólera morbo ni la tisis, y la temperatura suave y sana de que se goza en la capital es admirable. La gran llanura de Quito constituye, en suma, un paraiso.»

Lagunas


Aun cuando rica en montañas y ríos caudalosos, la provincia de Pichincha es pobre en lagunas. Las tiene, varias, pero son pequeñas, sin especial significación turística o económica. Comparte con Imbabura las tres lagunas del Mojanda, ya mencionadas, de Yanacocha, Huarmicocha y Caricocha; y con Napo, las de Papallacta y Volcáncocha, situadas en el páramo de Guamaní. Las pequeñas lagunas de Sucus, Olambiro y Taviro se encuentran en el páramo del Puntas. En las alturas de Oyacachi, las de Badurrias. El Encantado, Canoacocha y Chuspicocha. Diez kilómetros al este de Cayambe, la de San Marcos, quizá la más conocida. En las faldas del Antisana está la laguna de Micacocha, que desagua hacia el oriente, y la de Muertepungo. Como se ve, la mayor parte de estas lagunas se encuentran en la cordillera Oriental (Wolf, Andrade arin, Terán).

Florencia en América


Uno de los hombres más estudiosos y preocupados por la cultura nacional, Benjamín Carrión, describió así el gran desarrollo de la pintura y la escultura de la llamada «Escuela de Quito», la mejor expresión del arte colonial.


Carrión anota que flamencos como Fray Jacobo Ricke e indios como Caspicara y Pampite realizaron una obra sólo comparable en América a las de México y Guatemala, con inspiración del barroco español, entrelazadas en reminiscencias góticas y con evidentes influencias árabes.


Según el mismo autor, la famosa escultura de la Inmaculada, de Legarda, conocida como «Nuestra Señora de Quito» es una de las esculturas más gráciles, alegres y movidas que pueda recordarse: «una muchacha quiteña parada sobre un dragón, sorprendida en un paso de baile».

Junto al tallado preciosista de la piedra de las fachadas y las maderas de las sillerías y púlpitos de las iglesias, la pintura de la Escuela Quiteña, donde la ingenua perspectiva se combina con insólitos detalles, alcanzó un nivel que sólo volvería a recobrarse con los óleos indigenistas de 1930. Entre los pintores coloniales se destacan Miguel de Santiago, Hernando de la Cruz, Nicolás Javier de Goríbar, Manuel de Samaniego.


Y entre las iglesias, la Compañía: «es un bordado en piedra en su exterior; en su interior, un deslumbra miento de oro sobre tallas preciosas, de finura insuperable. Sin la grandiosidad de San Francisco, el templo jesuítico es un cofre de oro para guardar joyas».


En realidad. Quito fue en esa época, tan oscura en otros aspectos, una colmena de artesanos en todos los materiales: talla en piedra y madera, forja del hierro y cincelado del oro y de la plata, grabado en cuero y damasquinado en metal.


  Templo de San Francisco  
  la Cruz de la plazoleta de la Merced en Quito  
  La Compañía de Jesús  
  Iglesia de San Francisco