información turística


Un cuadrante, un espacio de barro, similar al pueblo de Israel, corresponde a la Provincia del Carchi, pero con sus propios caracteres climáticos de flora y de fauna que imprimen su fuerza telúrica en el ciudadano que habita en esta zona, terreno propicio para la cultura y para el arte en sus diversas manifestaciones. Para llegar a ella, la carretera panamericana, que es única desde Ibarra hasta el valle del Chota, en este último abre sus brazos bifurcándose en las vías occidental (Mascarilla, Mira, San Isidro, El Angel, Bolí var, San Gabriel, Tulcán) y la oriental (El Juncal, Cunquer, Bolívar, San Gabriel, Huaca, Julio An drade, Tulcán).


Partiendo desde Mascarilla por la vía occidental hacia la capital de la provincia (Tulcán), el turista tendrá que llevar consigo el paisaje sencillamente hermoso que se queda en la retina, al mirar retrospectivamente la provincia de Imbabura y ese lienzo natural recostado sobre la margen suroriental del Rio Chota, en cuyas arenas se deslizan aún ritmos y costumbres africanas, pero impulsadas ya por sangre y vivencia ecuatoriana.


Ascendiendo por carretera de primer orden y a diez minutos de Mascarilla existe un mirador natural que aún no consta en ninguna guía de la Dirección Nacional de Turismo: La Portada, desde el cual se domina y sin esfuerzo el valle del Chota, con su espejo fraccionado, al esconderse el río debajo de los juncos timbrados de esperanza; se divisa además el Cayambe, cono de nieve permanente; el Cotacachi e Imbabura, a cuyas siluetas se escapan, caen a veces sobre la espuma viajera de sus lagos. En la Portada se multiplican a diario los frutos de clima tropical, matizados con jardines de cucardas, arupos, urapanes, jacarandas y delgadas buganvillas. A cinco minutos de la población de Mira, asiento de la Comisión Rural de Cultura de la Provincia, abre sus puertas en febrero a turistas de varias procedencias, por la amabilidad de sus gentes, vistosidad de sus comparsas, el desfile de bandas y costumbres campesinas, desfile de la Chamarrasca y el novillo de bomba, a más de los juegos pirotécnicos y la devoción primigenia del hombre mestizo hacia el Santo, cabeza embriagadora de su pueblo.


Ascendiendo hacia el Norte, y a quince minutos se llega a San Isidro, clima frío, granero de la provincia, especialmente de trigo y de cebada. A quince minutos y un poco al Oeste, la ciudad de El Angel, capital del Cantón Espejo; sus calles empedradas, sus capillas centenarias, sus balcones, de los que escapan geranios y sonrisas sin nombre, hacen de ésta, atractiva al turista que se queda sin reparos en busca de descanso. El páramo del Angel es sin duda un campamento natural donde el frailejón y el pino dominan la vegetación.


Quince minutos y al Nororiente, la población de Bolívar, con menos altura física que la anterior, constituye la verdadera antepuerta del turismo carchense, centrado en el balneario y santuario de las Lajas de Rumichaca de la Paz.


Si volvemos a la articulación mayor de la vía oriental de la carretera panamericana, y partiendo del Juncal, población mestiza y morena de la Provincia de Imbabura, cruzamos un puente provisional sobre el Río Chota, el mismo que conduce a la población antes mencionada de Bolívar, sitio en el cual confluyen los ramales oriental y occidental de la carretera panamericana (Cantón Montúfar); pero antes de hacerlo detengámonos en una antigua hacienda, o mejor un latifundio de Caldera, hoy en manos de cooperativas agrícolas debidamente organizadas por gentes de color, cuyo vientre rasgado por el arado y dividido por infinidad de zanjas y linderos naturales, hacen de ella un costurero, en cuyo lenguaje se esconden riachuelos y en cuyas suturas crecen el tomate, aguacate, caña de azúcar y tantos frutales que han rescatado en parte la premura económica de las gentes esclavas física y espiritualmente en tiempo de la conquista.


Desde Bolívar, avanzamos a la población de la Paz y desde ella, por camino escabroso a la Gruta de Rumichaca, desafío permanente para la pintura y escultura surrealistas; las estalactitas y estalacmitas hacen esfuerzo por escaparse de los riscos y embarcarse en las aguas del Río Apaquí, remanso y cascada de distancias. Un pequeño hotel, administrado por monjas misioneras, da albergue al turista, desde cuyas ventanas mira quebrarse, a la columna de los Andes.

Desde La Paz, diez minutos a San Gabriel, pasando por pequeños caseríos, que como el Capulí han sido los grandes responsables para que el Carchi en lo deportivo sea cuna de campeones en la rama del ciclismo nacional e internacional.


San Gabriel, ciudad heroína, dueña y señora en el Procerato del Trabajo, es una de las pocas que en la sierra ecuatoriana conserva el mensaje español de sus fachadas, sus calles, la gracia estrictamente femenina de sus hijas y el músculo en tensión de sus varones; la plástica y la música se reflejan en residencias y pequeños hoteles, permiten al turista compartir el ancestro especialísimo del montufareño y salir desde allí a la laguna del Salado y los bosques de Arrayán.


De San Gabriel a Tulcán, treinta minutos pasando periféricamente por las parroquias de Huaca y Julio Andrade, emporios agropecuarios que han progresado en el tiempo. Desde el cruce de cordillera (Nudo de Bolinche) y a diez minutos de la capital provincial (Tulcán), se divisa una sabana verde-azulada, de cuyo surco central se desprenden geométricamente las calles de la ciudad.


Pensiones y hoteles de primera clase permiten el alojamiento a turistas flotantes, ecuatorianos y colombianos. Su cielo parece un desafío a la verde clorofila de sus campos, pues por él desfilan núbes verdes que atraparon hábilmente al iris y a la pluma de Montalvo. Desde cualquier ángulo de la ciudad y hasta cuando el sol se rinde, tenemos a Occidente el Cumbal y el Chiles, capricho arrugado de los Andes, guardianes celosos que compiten a diario su aliento con quemantes fumarolas.


Parques, iglesias que se incendian al iniciar la noche con focos y grito de campanas, tribunas al aire libre dispuestas siempre a escuchar el grito universal de la palabra; ésto y mucho más hacen de Tulcán una capital cultural. El núcleo de Carchi de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el Grupo Caminos de Tulcán, injertados al labio mayor de un grupo de poetas, hacen de este barrio la tierra buena.


La arquitectura en verde, descanso final de los humanos, hacen del cementerio de Tulcán no el sitio destinado para el llanto, sino mejor un museo infinito del silencio, fraccionado en jardines y tallados cipreses que a tiempo envidiaron palacios y avenidas orientales.


De Tulcán a Chapués por caminos vecinales, para mirar la espiga, desafiando la gavilla y sobre todo para alcanzar con las plantas una de las piedras pintadas en cuyas aristas se deslizó la historia, archivando por siempre el color y el lenguaje quemados por el sol de lo aborigen.

Al Occidente, el Río Bobo, alargando raíces para abrazar al río de frontera, el Carchi, en cuyas aguas humedeció sus manos el Cervantes de América y en cuya arena quedó parte del insomnio al escribir sus obras exentas de la angustia en el exilio. Al pie del Chiles la tierra se escapa a bocanadas, furiosa, hirviente, con sus aguas termales.


De Tulcán hacia el Norte, por la carretera panamericana y a escasos diez minutos, el puente de piedra, Rumichaca, signo de frontera con Colombia. En el centro imaginario del puente fronterizo, Bolívar, el padre de la Gran Colombia, dijo: «Para nosotros la Patria es la América.»

 

  Toro del Pueblo  
  parque central de Tulcán  
  caso excepcional de longevidad