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PRIMER ECUATORIANO EN LA CIMA DEL MUNDO

Iván Vallejo habló con Diego Oquendo Sánchez y compartió,
desde la capital de Nepal, su experiencia y su historia

Por Diego Oquendo Sánchez
Especial para HOY

A continuación, ofrecemos el testimonio que brindó el ascensionista ecuatoriano Iván Vallejo, desde Nepal, a "Radiorevista Encuentro", transmitida ayer por Radio Visión.

¿Cuál es el entorno que te rodea? ¿Cómo te sientes luego de haber bajado del Everest?

Ahora estoy disfrutando del exquisito sabor de la victoria, de recordar que todo salió bien. Esto provoca que el entorno sea encantador. Claro que estoy esperando que llegue el jueves para tomar mi vuelo, pero, hasta tanto, camino por las callecitas de Katmandú, haciendo compras en un plan totalmente relajado. ¡Nada que ver con la tensión de hace dos meses, antes de la expedición! Además, me siento como en casa: aquí también hay cortes de energía eléctrica.

¿En qué condiciones ocurrió el ascenso al Everest?

Haciendo un balance, creo que el ascenso llegó en el momento oportuno. He quedado convencido de que estos tres años de preparación fueron necesarios. Debí ascender montañas más "pequeñas" en el Himalaya y, al mismo tiempo, aprender sobre la comida, la logística y, fundamentalmente, sobre mi comportamiento fisiológico. Todo este proceso de averiguar mis límites fue básico.
Pero, al subir al Everest, tuve que pasar un "examen para masterado", ya que formé parte, lastimosamente, de una expedición administrada por un búlgaro y un ruso absolutamente deshonestos. Pasamos momentos muy duros en la expedición, con días sin comida y con la logística muy complicada. Fue necesario tener mucha paciencia.
Afortunadamente, todo el trabajo lo realicé junto con Ever Orona, un argentino de 28 años con quien colocamos todos los campamentos: uno a 7.100 metros, otro a 7.700 y el último a 8.300 metros de altura. Ever y yo armamos esos campamentos sin ayuda de guías.

En ese instante comenzó una nueva etapa de tu aventura....

Así es, pues antes yo solo había estado a 8.100 metros de altura. Pero, cuando alcancé los 8.300 metros, resulta que estaba rebasando la altura de diez de las montañas más altas del mundo, y sin tanque de oxígeno.
Una vez instalado a semejante altura, debimos regresar al campamento base para esperar que el clima mejorara. Era necesario esperar, pues expediciones anteriores registraron muertes por congelación. El excesivo viento era peligroso y no había que jugar con el frío. No obstante, sabíamos, por medio del reporte de meteorología, que el 25, 26 y 27 de mayo eran los días más adecuados para subir.
En la madrugada del 27 de mayo, a la una de la mañana, salimos del campamento. Se veía una luna llena preciosa, y esto compensó las penalidades.
La etapa crítica llegó a las 4 de la mañana cuando, realmente, me pregunté si yo era capaz de tocar la cumbre sin oxígeno. Me tranquilicé, tomé confianza y me prometí dar hasta el final. Salió el sol, lo que me dio más calma. Cerca de las 6 de la mañana, ya estaba a 8.600 metros y me dije: "¡de aquí no me baja nadie!"
Después veía las montañas cada vez más pequeñitas, hasta que, a las 8:15, llegué a la cumbre. Lloré con un grito de emoción, porque no soy de los tipos que se aguanta las lágrimas. Lo primero que hice fue arrodillarme y besar la cumbre del Everest, en agradecimiento a la vida. Saqué la bandera del Ecuador, y me sentí orgullosamente ecuatoriano.

¿Cómo se ve el mundo desde el Everest?

Yo estuve mirando este mundo, durante una hora, con ojos de cariño. Con ojos de emoción. Al norte, se veía el Tibet, absolutamente llano, con unas leves montañas de color ocre. Al sur, un cambio radical: ¡cientos de montañas por el lado de Nepal!
Además, quise confirmar aquello de que, desde el Everest, se observa la curvatura de la Tierra. Yo no la vi. Pero sí me vi como el hombre más "alto" del planeta, literalmente, porque yo mido 1,65.

¿Qué es lo que más extrañaste? Supongo que tu familia ocupa un lugar principal en tus recuerdos...

Cuando me embarco en una expedición, suelo desconectarme (en el buen sentido) de aquello que debo extrañar: mis dos hijos, mis alumnos, mis amigos.
Pero, una vez que todo termina, regreso a la etapa en que empiezo a extrañar todo. Y ahora, en Katmandú, estoy extrañando todo. Quiero irme con Andrés al cine, y con Camila a La Carolina. Además, también tengo antojo de un jugo de mora. En fin, ¡ahora extraño todo!.



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