Y volvio Kantoborgy:
Kantoborgy barrunta en lo caprichoso que es el hado, particularmente, cuando de escapadas de engorde se trata junto a Lobochancho. Hoy salió con la mirada fija en el filo occidental del cerro Sincholagua, presuntamente venía a hollarlo en compañía de la jauría que presenció el salto mítico de Pincho en la altiplanicie oriental del Cóndor de Piedra, mas, en la caseta de la entrada norte del Parque Nacional Cotopaxi, esa meta fue frustrada por la presencia de guardaparques que detuvieron el ingreso de los canes, quienes viajaban en sus respectivas celdas en el balde de la jamelga que dio asueto al rocinante ruso.

Había otra senda para obviar el traspaso de los linderos del parque y cumplir el cometido inicial, pero Kantoborgy se emperró en cambiar radicalmente de rumbo, y, señalando a un bosque de enclenques pinos, propone: -Dejemos a la jamelga tras esa piedra grande de ahí, y vamos a ver que pasa bajo el ala norte del Rumiñahui.

Lobochancho se adentra en el lomerío que de lejos aparentaba ser una suave extensión de la llanura de Limpiopungo; sin embargo, andar sobre el acolchado pajonal, toma su tiempo y es menester agarrar el paso sostenido que lo mantiene a prudencial distancia del ligero Kantoborgy, así, ambos, pueden tomar bonancible ritmo en sus diferentes monólogos. La visión de los canes de máscaras oscuras, y lomos negros a manera de una ensillada, combinando con algo de rojo fuego, plomo y una pizca de blanco en sus extremidades y melena al viento, tiene empatía con el pajonal que va de bisoños verdes otoñales a maduros amarillos primaverales. Pincho, Panda y Kochi asenderean en conjunto; Dina es consuetudinariamente flemática, da la impresión que no le apetece ir en el vital trajín del alfa, tiende a buscar algo fuera de los dominantes, y de repente no se la ve, cosa que si dura mucho hace que Pincho salga en su busca para llamarla al orden gregario de los cánidos.

Vaty, que es la doncella adolescente del grupo, no se despega de Kantoborgy, y éste, observándose lejos de la manada, aprovecha prodigándole palmadas y diciéndole que es la joven más donosa de su estirpe; siendo un secreto entre ellos dos, pues, de lo contrario, provocaría el reclamo feroz de abuela Panda, y el desconsuelo de madre Kochi.

Lobochancho se acoge al atronador aire templado de la montaña que hace imposible una comunicación idónea con el adelantado Kantoborgy. El viento, aunque primaveral, cala los huesos y ruge peinando desordenadamente al bruñido pajonal, haciendo lo mismo con los canes que reciben a contrapelo natural expurgación de su piel, dejando relucientes sus cerdas que se confunden con la gama de fuegos del pastizal. Lobochancho, adentrándose en las sinuosidades del lomerío, ve que el valle volcánico queda apartado y la caseta que aloja a los guardaparques es un punto rojo imperceptible. Pronto cae en un cúmulo de formaciones venusinas que lo transportan a los efluvios erógenos de Gea.

Kantoborgy pega un agudo silbido de agruparse que sólo escuchan los canes. Lobochancho no se entera del llamado, está navegando entre redondas colinas, ensimismado en las tumescentes manifestaciones de la feminidad de Gea, deambulando en sus aromas virginales. -Qué macho es perderse en lo femenino desconocido -musitó aspirando el perfume del paisaje venusino que de lejos no prometía nada-. Lobochancho fluye en las intimidades de Gea, no se apura en salir de su laberinto, sabe que su instinto montañero lo conducirá automáticamente al lugar de reunión con Kantoborgy y la manada de pastores, que debe haber recuperado ya a la independiente Dina. -Bendita soledad -repicó Lobochancho, recabando que fue providencial la determinación de los guadaparques para no dejarlos partir a donde hoy no estaban para llegar-. Lo curioso de aquello fue que, en principio, él, Lobochancho, les guardó rencor porque insistió con un argumento plagado de lógica para que les permitan continuar al Sincholagua. -Mire, jefe, que los canes son una extensión de nuestra personalidad... .

Apenas reunidos en una cresta que enfrenta al escarpado arenal de la cumbre máxima del Cóndor de Piedra, la retirada es inmediata antes que se alborote la jauría con el conocimiento olfativo de que en la hondonada están pastando bovinos; Pincho y Panda vienen reprimiendo sus ganas de rodar cuesta abajo. Aunque Lobochancho se queja que el nunca se para a descansar porque ni bien llega ya está Kantoborgy con un pie en el regreso, la tiránica mayoría de montaraces, dando ladridos y carcajadas, se echa a desandar entre la sensualidad de Gea.



Juan Arias