Galo Vaca Acevedo:
En la mitad de la Tierra, Ecuador, existe el ferrocarril más difícil del mundo como lo calificó el General Eloy Alfaro, presidente que alcanzó a llenar varios ideales de aquélla pequeña república que se alzaba entre vendavales de corrupción política, social y religiosa propias de su tiempo cuando los países europeos ya salían a flote con el " Siglo de las Luces" y, Don Eloy no quería que su patria con retraso de casi un siglo se quedara distante del progreso Universal, por el contrario, solicitó la participación de Norteamérica e Inglaterra con sus adelantos técnicos en construcción, electricidad y a Francia con su ingeniería de alcance futurista, como el ingeniero Lesseps que partió el corazón de los océanos para unir continentes.



Entonces, fueron los extranjeros los que inauguraron el primer tren que cargaba en su estómago la caldera del infierno donde ardían los primeros leños del progreso nacional. Estos inciadores de nuestra transformación como república libre de la Gran Colombia de Bolívar, que retrasó el progreso del Ecuador con el asesinato en los montes de Berruecos, guerras, rencillas y peleas que dejaron una secuela de bajezas ingobernables y un tufo a tierras de inútiles hasta el día de hoy. Nuestra pocas glorias de adelanto han sido gracias a aquellos hombres mezclados entre extranjeros y mejores nacionales que supieron imponer la disciplina y el trabajo.

Ellos, los gringos, fueron los maestros que les enseñaron a nuestros primeros maquinistas y fogoneros a cargar el agua en cada estación ferroviaria; les demostraron que esa agua hirviendo transformada en vapor al pasar por cañerías y mangueras unidas a los vagones que controlaban los brequeros daban movimiento al gran FF.CC. EE. Ferrocarril ecuatoriano que se deslizaba por las rieles de nuestras provincias pobres del Continente Hispano, que más tarde y a causa de los malos gobernantes ordenaron su nacionalización quedando tullida toda la gloria del Presidente Alfaro y de sus liberales progresistas.

El corte de las montañas delineadas y rajadas por nuestros antepasados abrieron brechas peligrosas que hasta hoy circula la réplica de un mini-coche o vagón de autoferro turístico: sube, baja, retrocede y vuelve a resbalarse sobre las líneas férreas, rieles o paralelas en zigzag que van dando la forma de una nariz peligrosa bordada de avismos caprichosos, túneles y murallas de granito talladas a puro golpe manual de barras de acero, picos y palas, ahora cubiertas por una vegetación indómita que supo florecer y ahora nos ofrece una biodiversidad que agrada a nuestros sentidos atrayendo al turista extranjero que sabe apreciar el regalo de la diosa Natura.

La pequeña locomotora a diésel, parte desde Riobamba la capital ferroviaria, que es donde inicia su recorrido indomable por parajes andinos de rara belleza, cubierta al amanecer por un manto azul violeta, vaho formado por los deshielos de las montañas cobijadas con el poncho platinado, moles de granito que untan de nieve al abuelo Chimborazo.

El viento paramero baja fueteando con sus ráfagas heladas que flagelan la paja que silva entre las laderas, los sembríos de trigo, de cebada y de papas bordadas lujuriosamente por el color de la flor de Chuquiragua; pétalos nacionales que resisten al paso indolente del tiempo ingrato que nos deja atrás, a la intemperie y al paso lento de un cronos que espera la llegada de alguien que no solo ofrezca sino que cumpla al final del camino, salvando a esta postal de los años que se fueron y no volverán.

Allá desde el alba al cenit sobreviven esos altares de dioses siderales, duermen su siesta de soledades de siglos, esperando que el calor del tren vuelva a pasar por los ancianos durmientes que aún están clavados esperando que la mano de las nuevas generaciones los rehabiliten. A lo lejos y desde esas cumbres catedrales de rocas, precipicios y hielo eternos, se escucha el graznido del cóndor que rompe el silencio de los montes maridos de la Tierra; mientras en los senderos aún se oyen distantes las quejas de un rondador hecho de cañas de carrizo serrano, de una quena o el pingullo entonando arpegios copiados del guirakchuro, de la tórtola que llora de ausencia o del mirlo de pico ananranjado reflejados en los yaravíes que ahondan más la pena lanzando al viento que nos besa rasgando las telas más recónditas del alma.

Allí están todavía las razas trabajadoras de hombres que no abandonaron la Patria y más bien clonaron industrias, obras monumentales, que hoy los nietos de aquellos obreros viven de esas memorias, esperan una redención encadenada de promesas y esperanzas muertas que ojalá no se queden enterradas en el olvido. Allá se quedaron nuestras provincias huérfanas de sus hijos ausentes, que hoy, sus familiares resisten bajo nuevas leyes dictadas por otros gobernantes, que tal vez, no podrán reconstruirla jamás.

Galo Vaca Acevedo

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