Carol Murillo Ruiz:
Recuerdo hoy, con claridad, las afirmaciones de Luiz Inácio Lula Da Silva cuando un prelado braliseño, José Cardoso Sobrinho, excomulgó a los médicos que efectuaron un aborto a una niña de 9 años violada por su padrastro. Dijo Lula: "Como cristiano y como católico lamento profundamente que un obispo de la Iglesia católica tenga un pensamiento conservador como éste". Luego añadió: "No es posible permitir que una niña violada por un padrastro tenga ese hijo, incluso porque la vida de la niña corría riesgo". El escándalo estalló.



Pero incluso un sacerdote italiano, Rino Fisichella, reprobó la "actitud publicitaria" de Cardoso al explicar que la excomunión se da automáticamente cuando un católico 'comete' un aborto.

Es obvio que las palabras de Lula fueron más lejos. Sintetizaron uno de los argumentos básicos de quienes asumen el aborto como una medida extrema. Y abreviaron una reflexión humana: una niña de 9 años no debe tener un hijo producto de una violación. Con el agravante de que esa niña venía siendo violada desde los 6 años por su padrastro, de 23 años. El debate en aquel entonces no prefiguró las condiciones de violencia que viven las clases marginales de Brasil. Ni la Iglesia Católica trazó mensajes contra el 'instinto incontrolable' del padrastro que no solo violaba a esa niña sino a su hermana de 14 años. ¿Los malos siempre son las víctimas? Porque hasta los médicos que practicaron el aborto son víctimas de la necesidad de vida de la niña. Necesidad de vida disociada de la violencia sexual de la que fue objeto y por la que no tiene que pagar criando a un niño (o a dos niños, porque eran gemelos) que se concibieron inmolando su propia niñez.

¿Por qué remitirnos a Lula para aquilatar una posición, una opción, un argumento sobre un tema que tiene a tantos otros portavoces? Lula encarna una paradoja gigantesca. Acaso, también, una metáfora.

Se publicita desde ya una película -a estrenarse en enero 2010- que lo retrata como el hijo de Brasil. Lula está dejando la presidencia con un legado de hacer bien la política. Su figura crece sin parangón. El hijo de Brasil es la excepción que confirma la regla de la paradoja: triunfó con todo en contra.

Y si su historia e imagen recrean, desde una lectura contemporánea y evidentemente mediática, el valor de su vida, no es algo menor tomar sus palabras como un referente del termómetro político y moral de las cosas que parecen no tener remedio. Me explico: el ex sindicalista, pobre de capirote, con escasa educación formal, ex presidiario, mecánico de oficio, expresión literal del habla popular brasileña, devenido en un líder nacional y regional, ha sucumbido al guión de los media sin perder una proyección humana específica.

Sucumbir hoy ante el canon mediático implica tener una comprensión política de su influjo. Umberto Eco lo pulsó un día: toda construcción/exhibición mediática no siempre es política pero siempre puede tener una lectura política.

Resaltar a Lula en un tema como el aborto legitima, también, la esfera no privada y no moralista de un asunto público.

Lula vino de la indefensión popular y percibió nítidamente la condición de la niña violada. El estadista erigió un saber político y no una reconvención moral.


Carol Murillo Ruiz

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