Carol Murillo Ruiz:
El escándalo armado por un concejal de Quito y reproducido por muchos medios, referido a la nominación -legítima y legal- de funcionarios por parte del Alcalde Augusto Barrera, no puede ser leído solamente como la actitud desprendida de un edil amante de la ciudad. Hay en ese hecho un trasfondo político que no debe ser soslayado.



La maledicencia de la denuncia no oculta su función desestabilizadora, precisamente en una institución que requiere otra visión del trabajo público.

Para señalar el trasfondo político que opera en la denuncia contra el Alcalde de la capital, es bueno recordar el papel que tiene Quito en el devenir político del país. Tanto que las caídas de los presidentes Bucaram, Mahuad y Gutiérrez la tuvieron no solo como escenario de un descontento social indudable sino como 'productora' de una conciencia colectiva que llega a rechazar, con frutos impensados, los excesos de los mandatarios. No en vano se dice, a veces con jactancia y a veces con odio, que 'Quito bota presidentes'.

Varios estudios sobre dichas caídas anotan que en la capital se expresa una especie de neurosis y catarsis política -muy respetable- que luego es explotada por los poderes tradicionales.

Otras investigaciones, incluso, intentan mostrar que esas caídas no se debieron solo a la presión quiteña sino a flagrantes golpes de Estado -civiles- disfrazados de imparable furia ciudadana.

Semejante cuadro, no exento de glosas chauvinistas, convierte a Quito en un mercado favorable para ensayar, acaso, otra (planificada) apuesta golpista.

Además, el dispositivo 'ciudadano' de aquellas históricas protestas, vale decirlo, estuvo avivado por una clase social -la clase media alta compuesta por profesionales y emprendedores- que asume su condición ciudadana como un pasaporte de rebeldía y nueva moral social. Un claro ejemplo de lo anterior lo constituyeron los forajidos que precipitaron la fuga de Gutiérrez.

La categoría ciudadanía se tomó el imaginario -real y ficticio- del ejercicio político y sustituyó, malamente, el vital sustrato ideológico de toda lucha social.

En ese contexto, Quito y su municipio son claves en esta coyuntura política. Desde el primer día Augusto Barrera fue avisado de que tenía que ser un magnífico alcalde 'porque Quito está acostumbrada a los buenos alcaldes'. El poder local olvidó la sal quiteña y prefirió marcar directamente el terreno de su influencia. Incluso ese poder halla repetidores de su influjo en sectores seducidos por la estética citadina.

El escándalo armado en el concejo municipal, entonces, se inscribe en una campaña que no solo quiere infamar al Alcalde sino al Gobierno Nacional. Había que empezar por algo: inflamar el orgullo quiteño y reactivar la moral social de su clase media. Síntomas no políticos como la vergüenza, el rubor, la afrenta, el miedo, el erizo cobran fuerza para impugnar todo lo que tenga que ver con el régimen. Y Quito es el lugar ideal para rasgar el fuego.

Aquí la astucia del viejo poder se apropia de la más débil razón gubernamental -la ciudadanía- para montar, dizque, el principio del fin de Correa.

El pobre teatro del edil solo anuncia los bastidores de una intriga mayor.

Carol Murillo Ruiz

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