Carol Murillo Ruiz:
No soy fanática de Silvio Rodríguez. No pensaba ir a verlo aunque estaba en Guayaquil. Pero una buena amiga me obsequió una invitación y decidí quedarme.

Además, la tarjeta me ubicaría en un lugar preferencial.



He dicho aquí que me gusta la masa, enredarme con ella, oler su trabajo, su palabra, su grito. Aclaro: me gustan las masas en lugares abiertos y nunca en lugares cerrados. El concierto era en un lugar cerrado y tener un boleto en un lugar preferencial calmaba mi fobia.

Llegué tarde porque me entretuve picando aceitunas y bebiendo vino tinto con unas amigas que también iban al concierto. Así que todas y un amigo -que cayó al final- estábamos confiados en que las entradas nos servirían a cualquier hora. ¡Falso! No fue así.

Solo una amiga pudo entrar al golden box de Silvio. Entonces empezó mi fastidio, sobre todo, porque veía sillas vacías. ¿Para quién? Para autoridades, invitados especiales y demás 'gente importante'.

La amiga que logró entrar me pidió paciencia. Pronto ella lograría nuestro ingreso.

Asentí mientras mis acompañantes fueron a buscar asientos fuera del golden box. Yo no quería. Así soy. Necia.

Después de esperar tal vez media hora decidí regresar al hotel. Al voltearme para salir tropecé con Vinicio Alvarado y tres de sus hijos. Su gentileza para hacerme entrar fue casi instantánea y su agilidad para conseguirme un lugar en primera fila no pudo ser más encomiable. Sorprendida le pregunté: "¿Por qué me odias tanto y haces esto?" y, él, sin inmutarse, respondió: "Es cuestión de piel". No entendí qué quiso decir pero parece el título de una canción.

Enseguida empezó Silvio a cantar. Y Vinicio también.

Sin embargo, mi mayor asombro fue el sujeto simpático, alegre y vivificante que estaba a mi lado derecho. Lo había visto cien veces en los diarios y en la TV.

Majísimo, impecable y atildado, dando cuentas de sus funciones como ministro de una cosa antes y de otra cosa después. No me aguanté. Nunca me aguanto. Le dije que realmente estaba pasmada de su manera de ser. Sin terno. De su soltura. De su ausente acartonamiento.

De su mirada sin ley. Él no paraba de reír al escucharme. Y gozaba su ego. Como tiene que ser.

No era la primera vez que él iba a escuchar a Silvio Rodríguez. Lo había hecho años atrás en un concierto en Quito llamado Todas las voces todas. Y le conté que yo también fui a ese concierto. Pero que no me acordaba de Silvio… ¡Blasfemia! Mi casual compañero de asiento vibraba hasta el cielo con Silvio. Era un personaje de atar. Y no porque es ministro sino porque ni una sola de sus poses de fan hacían suponer que el terno lo cambiara tanto.

Como yo no soy tan famosa como él me vi en la necesidad de presentarme. Casi lloro.

Nunca me había leído. Ni una línea. Pero me dijo que sí sabía de mi existencia. Y fue peor, para mí, oír eso.

¿Quién era el tipo que cantó a Silvio casi a mi oído? Gustavo Jalkh. El Ministro de Gobierno. Y, antes, Ministro de Justicia. Le llegué a decir que era una injusticia que él, con esa mirada sin ley, haya sido Ministro de Justicia.

Ojalá a partir de hoy lea El Telégrafo sin falta. Escriba o no escriba yo.

Carol Murillo Ruiz

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