18/08: Gripe (final)

Mi habitación hospitalaria estaba situada frente a la recepción de las enfermeras; semejante vecindad me permitía oír lo que debía y no debía.
Ellas no entendían, por ejemplo, que yo no me desesperara, ni un minuto, de estar ahí encerrada y enferma. Muchos pacientes hicieron berrinches en algún momento del tratamiento. Otros exigían visitas o comidas exóticas…
Merendar a las 5 de la tarde me aturdía. Normalmente me sirvo una fruta a las 9 de la noche viendo la novela. Pero en el hospital no lo entendían. Así que cuando salí de allí estaba más rellenita… y semejante 'muestra' hacía menos creíble mi gripe porcina. Mi madre lo notó en la playa una semana después: "¡Pero no has bajado nada!". Me hundí en el mar para ocultar la dieta de la influenza… e hice un ritual de juramentos contra el sobrepeso…
Hoy, mientras veo cómo la gripe AH1N1 salpica al mundo hasta matar a muchísima gente, pienso que nadie está preparado para enfrentar un virus que confunde a todos.
Un día me llamó mi entrañable amigo Richard. Quería saber todo, todo y todo sobre la enfermedad. El pobre tenía gripe y fiebre e imaginaba lo peor. Me creía todo menos el encierro. Le parecía una medida medieval. Solo lo creyó cuando me envió una novela de un mexicano. La leí. Prometía la historia de un artista gay que rayaba en el esplendor de la genialidad pero terminó en la tumba antes de sus primeros santos óleos. Cerré el libro y me dormí.
Cada uno vive la enfermedad como muerte. Un hábito que la tradición del sufrimiento ha colocado en los cuerpos como castigo. Y más castigo cuando nadie te puede ver pero todos quieren verte. Por solidaridad, por amor, por compañía, por morbo.
Yo tuve un visitante que rompió el cerco epidemiológico. Enfermeras y paramédicos montaron un operativo para sacarlo a empellones. No dije nada. No dijo nada. Pero dejó en mí el sabor del amor perdido. ¿Quién fue? No puedo decirlo. Si lo cuento, seguro lo botan de su magnífico trabajo.
Cuando llegó el día del 'alta', me asomé por primera vez a la ventana. El sol parecía estar completamente en Quito.
"Dígale a un familiar que la venga a retirar", me avisó una enfermera. Llamé a Gonzalo. Tal era el cerco del piso 6 que G nunca llegó. Se pasó 40 minutos tratando de subir y no pudo. Fastidiado, G me comunicó por el celular: "Te espero en el auto". Se lo dije a la enfermera pero ella, esterilizada, prohibió mi salida sin la compañía de un "responsable".
Solo entonces monté en cólera. "¡Un amigo está en la planta baja y no lo dejan subir!", le espeté a la astronauta. Pasó una hora y G se marchó.
Sana, en mis cabales, sin virus, decidí volver a la habitación, enfundarme otra vez en un pijama y leer la última novelita.
A la astronauta le dio una pataleta. "¡La fulana no se quiere ir del hospital!", vociferaba.
Treinta minutos después un paramédico me sacó del hospital. Me embarcó en un taxi pirata. Y estoy aquí para contarlo.
Carol Murillo Ruiz
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