17/08: Gripe (2)

¿Qué sentí? ¿Dolor de cabeza, fiebre, náuseas, malestar muscular? Nada. Los dolores fueron antes, 3 días antes.
En el hospital no me dolió nada ningún día. Me dolía el encierro, el silencio, la idea de apestada que veía en los ojos de las enfermeras astronautas que apenas me miraban o me retaban furiosas porque el tedio me inspiraba a cambiarme a la otra cama que había en la habitación.
Me organicé enseguida. Tengo 2 celulares por si acaso y por si no. Natalia, una amiga recién venida de Sevilla, me había traído de allá unos libros de literatura a mi gusto. La llamé para que me los enviara. Más oficiosa no pudo ser: 4 novelitas eróticas de autores españoles cayeron a la habitación 13.
Luego llamé a mi amiga Gloria para que me consiguiera las provisiones necesarias a fin de vestirme, desvestirme, bañarme, secarme, esterilizarme y desinfectarme. Ella, también, aterrizaba desde España, y aumentó al paquete un libro: Esperadme en el cielo, de Maruja Torres.
Cuando llegué era sábado. Para el domingo estaba completamente instalada en el hospital. Tenía todo lo que me gusta… bueno, no todo. Me sentía bien. Me daban dos tamiflú diarias. Ese domingo era el Día del Padre. Oí recibir una llamada a una enfermera. Era un hombre -según el diálogo-. Llamaba para enviar saludos a sus hijos. "Así ha de llamar pues", le decía la mujer, casi con cariño. ¡El ex marido llamaba a su ex mujer para saludar a los hijos en el día del padre luego de 20 años de no verse nunca!
Las novelitas eróticas llamaron más mi atención. Empecé por una. Habían sido escritas en la España de los años '20 del siglo pasado. Y contenían un lenguaje ceñido a una época nunca menos caliente.
El encierro era letal a ratos. Un alboroto me sacó de la habitación. Pero un micro tolete quirúrgico, amenazante, me devolvió a la cama. Un niño delirante por el aislamiento aullaba a morir y una extranjera psicótica se quiso suicidar. Las noticias eran buenas para alguien como yo acostumbrada a las noticias. Buenas o malas. Había vida en el piso 6 aunque la muerte rondara si las tamiflú fallaban.
Un día me visitó una doctora -porque el doctor 1 creo que esperaba verme cuando estuviera sana- y se percató de mis libros. Curiosa mujer. No: mujer fisgona. Solo la ilustración de la portada de una de las novelitas le indicó qué tipo de literatura consumía yo en ese retiro. Se quitó la mascarilla y abrió la conversación sobre la temática de los libros. Hasta que me hizo una pregunta cargada de prejuicio: "¿por qué lee eso?". La miré abismada. Lo único que pude decirle fue: "Doctora, póngase la mascarilla, la puedo contagiar".
Iba por el cuarto día de reclusión cuando supe que mi infeliz enfermedad era noticia nacional.
Las llamadas abundaron. Incluso un militar que solo vi una vez me llamó alarmado. "¡No te puedes morir!", me dijo. "¡Tengo tantas cosas que decirte!", añadió.
Y yo estornudé. (Continuará).
Carol Murillo Ruiz
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