16/08: Gripe (1)

Para ayudar a Caroline Chang, quiero decirle que mucha gente cree que la gripe porcina también se transmite por transmisión sexual. Doy fe de que no es así. Y se debe informar a la población que aquello es un error. Yo no me contagié porque me agarré a un chileno en una vinatería o a un peruano en el aeropuerto. No.
La gripe porcina es una infección que surgió a partir de "una variante de una cepa H1H1 con material genético proveniente de una cepa aviaria (aves), dos cepas porcinas (cerdos) y una cepa humana que sufrió una mutación y dio un salto entre especies (heterocontagio)". ¿Los detalles de la mutación? Son varios y aún están en estudio. Pero las teorías van desde un salto aleatorio hasta una mutación creada con fines comerciales-farmacéuticos. Al margen de todo, el virus existe. Y ataca. Y está en Ecuador.
Viajé con W a Chile por placer, negocios filosóficos y otros. Era la primera vez para los dos. Santiago estaba fría y largamente histórica en nuestros ojos de sociólogos vagos. W y yo hicimos un paseo de universidades y el resto se fue entre los restaurantes, el metro, las calles y los cocteles de rigor. Y la carne. Y Valparaíso.
Al volver de Chile mi cuerpo sintió los dolores finales de todo viaje: cambio de comida, clima y cama. Solo uno de mis perversos amigos médicos, con un solo detalle, descubrió mi mal: gripe porcina. "Anda al hospital en este instante", me ordenó. En mi desconsuelo llamé a W para que me lleve al hospital. W ya no era el mismo de Santiago. Pasmado por la contingencia de estar contagiado, me dejó como un bulto en las puertas de Emergencia.
Una vez detectado el mal, dos días después, una astronauta subió a mi departamento y me secuestró en un vehículo oficial. Al ingresar al hospital me sentaron en una silla de ruedas y me trasladaron por un largo pasillo que tenía cada letrero más urgente que otro. Quirófano, decía uno. Justo allí sonó el celular del médico y se detuvo a responder. Yo quería caminar. Alejarme de esa puerta que a lo mejor se abría y me tragaba para operarme. Pero no. Avanzamos y la silla se trabó y el astronauta, en cuclillas, trataba de enderezarla, alcé mis ojos y un rótulo me mató: Morgue.
"¿A dónde mismo me lleva?", le dije al astronauta. Él solo contestó: "Al ascensor". Cuando llegamos al elevador el otro objeto/sujeto que hacía cola para subir era… un ataúd. La única buena noticia fue que yo y el astronauta, y la silla de ruedas por supuesto, nos quedamos en el piso 6 y el ataúd continuó. Quizás al cielo.
Me recibió una enfermera astronauta. El médico cumplió con los exámenes del caso y me informó que debía quedarme en el hospital por lo menos 7 días. Y me habló, de golpe, del cerco epidemiológico: nadie podía visitarme. Entonces, yo, sin perder la calma, le dije lo más humano que le dice una enferma a un sano: "Doctor, pero… ¿de los 7 días usted puede quedarse conmigo 48 horas?".
El tipo, chamuscado por mi delirio porcino, me dijo benévolo: "En otras condiciones, sí". (Continuará)
Carol Murillo Ruiz
Technorati Tags: Carol+Murillo+Ruiz






















