Sueños de Kantoborgy:
Lobochancho escucha los ladridos de Pincho, más arriba del letrero que invita a disfrutar del ralo bosque del género Polylepis en las estribaciones medias de Los Illinizas. Kantoborgy ya se adelantó con el can que probablemente detectó ganado vacuno y está solicitando se le extienda la venia para arrear a los rumiantes sin rumbo determinado, por el placer de juntarlos y hacerlos bajar a los pastizales de las haciendas contiguas.

De antuvión, un hato de reses desciende por el pajonal, y Pincho atrás de los vegetarianos expulsándoles del tortuoso bosque de pantzas. Pincho se frena ante el silbido mandante que suelta Kantoborgy, y, abandonando a los bovinos en el descampado, regresa a recibir las palmadas de Lobochancho que avisa, -ya está conmigo, sigue nomás-.

Atrás viene el Vampiro calzando sus flamantes botas alemanas de asenderear, esta vez con la experiencia que tuvo en el Guagua no hace mención de querer ir al paso de Kantoborgy, ni pretende unirse a Lobochancho, ni busca la atención del pastor que le deja pelos en la ropa y una vaharada salvaje que no congenia con sus hábitos de ciudadano. -Yo cojo la carretera y no me pierdo, ustedes sigan cortando por donde les plazca -asentó gravemente, de inicio-. Pincho, instintivamente, no para mientes en la prudente figura del Vampiro, se mantiene yendo y viniendo entre Kantoborgy y Lobochancho, para eso tiene tracción de perro montañista. Lobochancho estima sobremanera la deferencia que le guarda Pincho, se siente más liviano en su compañía itinerante, tomando aliento antes de iniciar el ascenso por la Arista del Calvario.

Pincho decide abandonar a Lobochancho, pues, por lo empinado de la cuesta ya no le viene cómodo subir y volver a bajar en un piso guijarroso -de arenisca deleznable-, y se aleja raudo en pos de Kantoborgy. Pronto se topan los tres en la ensillada que une a dos fósiles volcánicos, el difícil pico Illiniza y su escarpada mujer Tioniza. Mientras, el Vampiro, es un punto estático en los prolegómenos de la Arista del Calvario, donde se dijo lapidariamente: -Hasta aquí llego... y fin carajo, si más arriba no hay nada.

Intentando seguir la antigua ruta del ahora derruido glacial occidental, Kantoborgy, muestra su desconcierto ante la radical perdida, de nieves perpetuas, que ha sufrido el varón Illiniza, en un imperceptible instante en la edad de Gea. A diferencia de Tioniza, que la conoció desnuda, y sigue así de campante, pues, ella, sólo se viste de blanco en ocasionales nevadas. -Fíjate, Lobochancho, vivimos para ver la degradación ambiental... No es que podría ser, como decimos de una conflagración mundial con armas atómicas, que dejaría en soletas a la Pacha Mama, eso sí es una espantosa hipótesis, porque lo de aquí es una realidad tangible: ¡sólo mira! -espetó Kantoborgy abriendo sus brazos al lecho rocoso que hace pocos años era una estampa vertical de nieve y hielo-. Entretanto, Pincho, circunspecto, sentado en sus cuartos traseros, especula que entre esos enormes cúmulos de piedras sueltas no puede distraerse husmeando, resulta un terreno impracticable aun para un chivo montaraz.

Ya descendiendo, después de haber constatado a golpe de ojo la metamorfosis del empinado Illiniza Sur, Pincho se adelanta lanzándose por la Arista del Calvario abajo, en la ilusión de encontrar un hatajo de vacas a quienes inferirles su energía reprimida en lo alto de la gigantesca caldera del extinto volcán que dejó aquellas dos pirámides. Lobochancho, recuperándose del remezón espinal que le produjo el frenar de bajada, al paso admira la sensualidad retorcida de tallos que anárquicamente conforman el rojizo árbol de papel, aunque deplora no estar en el vasto bosque encantado de ayer, y desorientarse al rato de ingresar en él, y no ver su principio y su fin en el horizonte arbóreo. -¿No está desencantado el bosque que otrora reinó sobre este pajonal? -cuestionó Lobochancho, respondiendo solidariamente a la mirada acuosa de Pincho, quien muestra su desazón por no olfatear la presencia próxima de ganado.

El Vampiro, en las inmediaciones del parqueadero donde aguarda el rocinante ruso, consulta a su reloj tras reanimante siesta al aire libre; él se ha fijado en la colorida humanidad de un grupo de italianos que han montado campamento para regodearse en Los Illinizas, y, al momento de reunirse con Kantoborgy y Lobochancho, les remite el resultado de su disquisición, jovialmente: -Todos ellos, sin excepción, tenían botas de calidad... igual a las mías, carajo.


Juan Fernando Arias Bermeo