Iván Vallejo:

Aléjate de vez en cuando, relájate un poco, porque cuando regreses a tu trabajo, tu juicio será más certero; puesto que si siempre trabajas perderás el discernimiento…
Aléjate, porque el trabajo parecerá menos, en un instante tu perspectiva será mayor, y la falta de armonía o de proporción será mejor percibida.

Leonardo da Vinci (1452 – 1519)


Queridos amigos del Ecuador y del mundo.

Como es de su conocimiento, el pasado 1º de mayo de 2008, al llegar a la cima del Dhaulagiri a 8167 m tuve la posibilidad de culminar mi gran proyecto DESAFIO 14 y así lograr las cimas de las catorce montañas más altas del mundo sin la ayuda de oxígeno suplementario.



El 3 de mayo junto con mis compañeros de expedición estábamos de vuelta en el Campo Base para celebrar este logro y a partir de entonces, hasta el 3 de enero de este año, decidí tomarme un descanso de siete meses después de doce años de continuo entrenamiento.

El gran Leonardo da Vinci pintor, escultor, arquitecto, músico, ingeniero, matemático y científico de una capacidad creativa y de trabajo incomparable, nos daría la impresión de que fue un adicto al trabajo y que todo su tiempo lo dedicaba únicamente a inventar, pintar o esculpir. Sin embargo, su consejo demuestra todo lo contrario. A mi entender Da Vinci nos sugiere que de vez en cuando nos alejemos del trabajo cotidiano, de la rutina diaria y que ese distanciamiento nos permitirá ser más eficientes y productivos.

Creo que en esta sugerencia del maestro italiano la palabra clave es EQUILIBRIO.

Siempre he creído que todos los extremos son malos, que tienen algo de patológico.

En aquél que todo el tiempo y toda la vida se la pasa trabajando, algo anda mal. O aquél que todo el tiempo y toda la vida se la pasa entrenado, haciendo ejercicio y mejorando los tiempos, algo anda mal.

El ser humano puede ser más productivo cuando tiene sentido de equilibrio y de armonía en su vida.

Los siete meses que decidí hacer este paréntesis han sido muy valiosos, me han permitido disfrutar inmensamente de cosas cotidianas y simples, como quedarme hasta tarde leyendo un libro, viendo la tele (yo que nunca lo hago) o conversando con mis amigos más queridos a pretexto de comprobar si el Malbec o el Cabernet está mejor. Hubo noches que entre el vino y la música hicimos un recorrido a lo largo de estos doce años de expediciones, de viajes, de aventuras, de derrotas y de logros, de satisfacciones y sinsabores; cada uno de nosotros contando y compartiendo las alegrías y dificultades de nuestros propios Everest y de nuestros propios Catorce Ochomiles. Comprobando que en esta vida maravillosa nos la pasamos como montañistas, subiendo y bajando, entre el frío y el abrigo, entre la duda y la certeza, entre la tormenta y la calma, entre la sima y la cima, y que en este proceso de ascensionistas de la vida lo que nos sostiene es la fe en nosotros mismos, la sonrisa, la voluntad, el entusiasmo y la buena onda para luchar por nuestros proyectos.

En estos siete meses disfruté mas todavía de mis sobrinos, de mi hermanita, de mis queridos hijos, viajé con ellos, nos reímos mucho, nos divertimos de igual manera y también repasé con ellos estos doce años de camino. Les agradecí infinitamente por la compañía que me brindaron, por el amor que me ofrecieron, porque fueron solidarios conmigo en esos primeros años de grandes carestías porque papá solo trabajaba para pagar las deudas de las expediciones.

En este tiempo rompí la rutina, me solté el cabello, me abandoné a uno que otro placer como un Gin Tónic con Sprite y no con agua tónica, unas costillitas a la BBQ con papas fritas y no pescado al vapor acompañado de legumbres, me acosté a las tres de la mañana y me desperté a las diez, me fui al Mercado de Ambato y, como buen ambateño que soy, comí tortillas con doble ración de chorizo.

En este tiempo tuve más tiempo para hacer un recorrido por el sendero de la gratitud hacia todos ustedes, grandes amigos, que me he encontrado en el camino de mi DESAFIO 14, amigos nobles, generosos, solidarios e incondicionales que me acogieron, me ayudaron, me apoyaron, que me animaron cuando estaba derrotándome y sobre todo que me aceptaron con mis errores y con mis olvidos.

En este tiempo salí a trotar, a montar bicicleta, me fui a las montañas y nunca lleve el cronómetro ni el reloj Polar (mis compañeros y también verdugos en estos doce años). Salí a hacer ejercicio por el puro placer de hacerlo, por el simple hecho de disfrutarlo, porque no debía mejorar los tiempos, porque no debía subir las pulsaciones.

En este tiempo he cambiado de morada, en el sentido literal y metafórico de la palabra. En lo primero: ahora les escribo desde un lugar de Quito que, cuando el cielo lo permite, tengo al frente mío la silueta preciosa de mi querido Cotopaxi y por las noches, cuando las luces de Quito se encienden, veo a esta ciudad como un nacimiento gigantesco en donde los ángeles y la Sagrada Familia están escondidos detrás de las estrellas. Y en lo segundo, en lo metafórico, estoy en una morada desde donde veo un horizonte más amplio, buscando opciones para ayudar a los demás, para compartir esas cuatro cosas que he aprendido en estos doce años de expediciones a la Cordillera del Himalaya.

Estos siete meses de descanso han sido mis siete meses de equilibrio.

Hoy comienzo a escribir una nueva historia, con un nuevo título y con nuevas páginas, para compartir montañas, para compartir sueños y proyectos.

Hoy comienza el proyecto SOMOS ECUADOR.

Con gran afecto, desde mi casa en Quito.


Iván Vallejo Ricaurte
Expedicionario


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