Sueños de Kantoborgy:
Kantoborgy inicia el corto ascenso al Guagua buscando el filo dentado de su humeante caldera, detrás viene el Vampiro dando zancadas como si fuese a librar una calle atestada de autos, en pos de una recompensa tangible en los cuartos de la domesticación.

Cerrando la hilera sube Lobochancho, pausadamente va tomando su ritmo de tortuga de tierras altas, sabiendo que su paso lo lleva a donde él quiere llegar. Kantoborgy se aleja como queriendo entrar en carrera con el chivo montaraz que lo cargó a clavar sus crampones en el Cho Oyu, el niño turquesa, recientemente. El Vampiro ya se para a otear la lejanía a oriente, simulando así el fastidio de no poder mantener sus zancadas de voluntarioso ciudadano. Lobochancho lo rebasa reventando íntimamente de gusto, pues, él está en lo suyo, -agarra tu ritmo despacio, y no te pares hasta dar arriba -le dijo al Vampiro callejero que refunfuñó algo de ver poco de provecho en la subida-. Kantoborgy, acostumbrado a sacarle grandes distancias a Lobochancho en sus andanzas de altura, no bordea el filo cimero sino que se dedica a escalar trazando una línea vertical, gritándoles a sus amigos que tomen a izquierda o derecha según la dificultad del paso rocoso. Finalmente el Vampiro se detiene a espaldas de Lobochancho que maldice no tener la agilidad de Kantoborgy para seguirlo con menos sufrimiento entre las rocas. -Aquí me quedo -aulló decidido el Vampiro.

Lobochancho se reúne en la cumbre del Guagua con Kantoborgy quien, haciendo gala de su aclimatación ochomil en el mancillado -por la basura que le deja el bípedo trepador- niño turquesa, practica piques ascendentes en el arenal. Entretanto el Guagua lanza su vaho de azufre, recordando a los presentes que su poder está intacto. De regreso a la casa de la estación que vigila las entrañas del efervescente volcán, Kantoborgy, propone avanzar sin rumbo fijo en la línea ondulante que une el Guagua con el Rucu: -Caminemos algo siquiera, si no hemos hecho nada para tener hambre-. Lobochancho, que desea alejarse del aire enrarecido del volcán, acepta orondo la propuesta de una diletante marcha en el jardín de chuquiraguas; el Vampiro cuestiona tajante: -¿Hasta dónde nos vamos?-. -Aquí no más a dar una vuelta -replicó Kantoborgy abriendo sus brazos al perfumado valle que lo separa del rocoso pico Cundur Huachana-. -¡Camina, carajo, que estos gases del Guagua ya me tienen podrido! -exclamó a su vez Lobochancho.
Guagua

Tomando sus posiciones naturales de marcha emprendieron por la línea que los unirá al Cundur Huachana. Ya atravesando el suave collado que encierra un bonito valle donde apacientan caballos salvajes, de súbito, se para el Vampiro y, con toda la seriedad que le es posible acumular en su centenario rostro, espeta con voz de trueno: -Oye Kantoborgy, yo no voy a regresar al carro otra vez por esta cuesta infernal, yo me lanzo directo a la carretera y ahí los espero... si más allá no hay nada que ver-. Lobochancho intentó persuadir al Vampiro de su idea pero éste respondió echándose en el mullido pajonal hasta perderse de vista. Los otros siguieron bordeando la roca cimera del Cundur Huachana y fueron a dar al collado que regala una impoluta visión de la cara occidental del Rucu Pichincha, donde Lobochancho no ocultó su emoción ante esa faceta del Rucu que desconocía. -Son trece años que no he vuelto a encarar al adusto Rucu -dijo Lobochancho rememorando la kilométrica vía de la boa que abrió Kantoborgy para hacer la cumbre oriental del Rucu, en diez horas de sudoroso ascensionismo de ida y vuelta...
Rucu

Volviendo al parqueadero del Guagua, Lobochancho, maldecía la dureza y peso de sus botas con punta metálica, subiendo la cuesta infernal que el Vampiro se negó a reandar. Mientras Kantoborgy, que retornó trotando loma arriba, charlaba distendido con el atento guardia de la estación volcanóloga, Pedro, quien había echado en falta la figura del Vampiro que evaporó en el mapa del valle de chuquiraguas. Tras cinco horas de recreo ambientalista, los montañeros bajan en los recios lomos de rocinante -el todoterreno ruso que no se arruga ante sus pares japoneses- esperando que el Vampiro no se haya extraviado en su fanático vuelo a la carretera. Pronto lo avistan relajado y sonriente con un ramillete de flores andinas en las manos, dispuesto a comprarse unas buenas botas de tracción alemana para unirse a la próxima salida al bosque encantado de Los Illinizas.