15/10: Confesiones de Sor Juana Inés resucitada

Ya no tengo confesor oficial pero debo confesarme porque solo así, lejos de la levitación celestial (castigo post morten del verdugo) retorno a mi celda para recuperar aquella fiebre de saber que brota de mis poros y ahoga su transpiración en poemillas y largas luchas con un idioma, con un estilo, con una gramática que se golpea conmigo para hallar la figura o los esguinces que desvíen mi destino de claustro y de emancipación intelectual reducida.
Soy Sor Juana Inés. Una mujer sola. Atestada de deseo. Ansiosa de una libertad que rasgue la estructura del dogma. Pero sostengo el credo porque su invisible persuasión, por oposición, me ayuda a entender que no hay más caduca sabiduría que la obtenida por los doctos de la nada y de la mierda.
Tengo cuarenta y trescientos años. La traza de mi ser Sor tiene la cautela de escribir para que pocos sepan que soy una mujer como cualquiera y para vencer las determinaciones de la historia y de mi historia.
Quiero confesar mi pecado de vivir más allá de mi siglo. Mi palabra apela al amor construido desde los ardores terribles de un conocimiento huraño a mujeres con cruces o sin ellas. Mi palabra ha sido -en lo intemporal- una pequeña daga para cortar el velo de lo sacro. Por lo tanto, no he hallado un milagro para asir la fe ajena y cruzar el océano de los llantos acumulados de hombres y mujeres. Quiero confesar que me da miedo la casona enorme que esparce lo sagrado y reniego, por litigio oculto, cada sentencia de la tabla bíblica.
Repetiré, gritando, sobre los beneficios negativos del Creador: "Premiar es beneficio, castigar es beneficio y suspender los beneficios es el mayor beneficio y el no hacer finezas la mayor fineza".
Yo, Sor Juana, amo la deliberación y veo el mundo como un cuenco enorme de aguas revueltas y complejas de cernir con un cerebro derramando plegarias casi místicas. Quiero comprender el mundo -¿cuarenta y trescientos años después?-. No me alienta la dogmática del hombre que sigue separando, por siempre necias razones, sexo y saber. Soy una mujer, una monja, y mi hábito no tapa mi sexo. Soy una monja que prefiere la contingencia y desecha el escrúpulo.
Vivo en un país, la Nueva España, México, momentos horribles de lujo y traición de otros con otros. La inquisición casi me alcanza pero la gracia de la palabra, que no del cielo, hizo de mi alma y de mi cuerpo un ser confuso pero real. Soy la perdida intemporal que escribe poesía y algunos pliegos de teología negativa.
Resucito siempre que oigo los sermones de los milagros.
Quiero saber por qué muchos me recuerdan lejos de mi celda y de la peste que pudrió mi cuerpo y salvó mis pliegos.
Resucito calmada y poco santa porque la gran peste no mató todas las pestes que tengo. Soy una monja que sufro en mi cabeza -nunca en mi cuerpo- no poder pensar más allá de Dios.
He decidido, antes de la gran peste, callar… porque el milagro de pensar, sin Dios, no me ha sido concedido.
F. Sor Juana Inés.
Carol Murillo Ruiz
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