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Las dos grandes y únicas fuerzas de la superviviencia social o civilización: la cultura y la economía.

Las fuerzas del desequilibrio social: la política y las finanzas monopolistas. Las realidades materiales, biológicas y mentales en todo lo que atañe al hombre y su obrar como ser, una vez animal y ahora cada vez más pensante, y en general a todo lo que existe en el macro y microcosmos, se encuentran sujetas a principios dinámicos que entrañan juegos complicados de fuerzas que proporcionan un equilibrio vital que, una vez adquirido, raras veces se desequilibra por razones naturales; pero, en cambio, muchas veces se trastornan por motivos provocados por la especulación mental monopolista.

Algunos autores lo llaman los estados del orden y desorden, pero la idea causal de un equilibrio y desequilibrio es quizá más apropiada puesto que señalan una primera etapa de lo irregular, de lo que entra en crisis, mientra que la imagen del orden o desorden suena como un estado más desesperante, sin redención, de lo que entra en caos destructivo. Desde hace más de cinco mil años el ser humano sobrevive en un estado de desequilibrio social provocado por la ingerencia de las fuerzas políticas o especulativas:

Estado, gobiernos de minoría, banca, iglesia, fuerzas armadas, grupos de presión, movimientos revolucionarios, todos ellos más activos y determinantes cuanto más agudo es su carácter monopolista que amplifica su poder extractor de recursos y generador de corrupción, opresión y pobreza de los pueblos. La pregunta que nos salta a la vista es conocer las razones y medidas con las cuales se posibilita el logro del equilibrio social para aplicarlas o promocionarlas y, asimismo, cuáles deben controlarse o rechazarse para evitar el desequilibrio, todo lo cual, en la actividad humana, es llevado a cabo por autores y agentes a los cuales también es necesario indentificar.

La vida sin duda es el efecto de un fenómeno que logró un equilibrio en el medio y el resultado ha sido las millones de especies que han logrado sobrevivir en todos los rincones del planeta. Entre ellos está el ser humano, antes animal natural ahora ser pensante, luego de haber librado extraordinarias batallas de muchos géneros mediante las cuales acabó dotado de la capacidad mental, la mayor herramienta o arma adquirida para asegurar su superviviencia...o desaparición suicida por culpa de unos cuantos monopolistas.

Se podría afirmar que el ser humano es el objeto y el único ser vivo que cuenta con las mayores capacidades y potencialidades en el universo conocido para construir un orden de equilibrio de fuerzas, salvo cuando somete sus cualidades mentales a las realidades inferiores naturales de orden material y biológico. Sin embargo, la complejidad del cometido, la indisciplina y el poco conocimiento o importancia que le da al manejo de su realidad mental imposibilita el encuentro de una forma efectiva unánime para controlarse o mantenerse en el estado ideal del ser acertero constructivo.

Con optimismo, al menos debemos creer que esta situación está sujeta al cambio, a la rectificación, al replantamiento, lo cual es el propósito de acometer reflexiones en esta materia tan trascendental. Para empezar podemos fijarnos en los defectos que ocasionan algunos estados de desequilibrio social.

En pocas y directas palabras, la cultura y la economía conducen al ser pensante al equilibrio, al orden, al Paraiso; en cambio, la política, que se resfría a menudo cuando la ausencia de conciencia mental es elocuente, en muchos de sus actos, confunde al ser y a la sociedad y los encamina en el desequilibrio, la crisis y el caos.

Es la consecuencia de maniobrar y someter a la mente a potencializar las realidades materiales y biológicas, más propias de su estado anterior, que a utilizarla con la razón de su propiedad pensante. A diferencia de los animales que mantienen la nobleza del instinto y nada más, los humanos cuando actúan en este nivel carecen de nobleza; es decir, las criaturas inferiores actúan con la conducta prevista, pero el humano no lo hace y al no hacerlo se transforma en un imprevisto, un demonio depredador y manipulador que busca el poder con cualquier recurso demagógico monopolista: carisma para seducir el orgullo personal, ofertas de cambio para agudizar la ambición fácil y tender las trampas y la confrontación para cundir el temor y eliminar la competencia política.

Mientras persistan las prácticas monopolistas en la forma de gobierno y en el ámbito económico y cultural, con cualquier ideología, la tendencia permanente hacia el desequilibrio de los objetivos de los esfuerzos sociales continuará y pocas veces dejaremos de vivir en crisis y siempre estaremos sometidos a los embates de las ambiciones de los desaprensivos que se manifiestan sobremanera en los medios fictivos y artificiosos de la especulación de la política y de las bolsas financieras.

Las medidas adoptadas para “superar” la crisis financiera actual no tiene el objetivo de nacionalizar la banca o adoptar medidas socialistas como pretende el extremo opuesto monopolista, sino de un rescate gubernamental apurado para solucionar los problemas de los bancos -que fueron descapitalizados por las corporaciones de garantías financieras monopolistas- a fin de que el sistema económico mundial recobre la confianza y siga funcionando en condiciones apropiadas, siempre y cuando no se vuelva a permitir los mismos “errores” de vista gorda.

Es urgente encontrar una alternativa social ineludible a la devastadora gama de monopolismos políticos de la izquierda socialista dogmática o de la derecha capitalista de especulación protagonizados y protegidos por los gobiernos que mientras más monopolistas son, más caóticos resultan, siendo los directos causantes de desastres sociales en forma de guerras o cracks nacionales y mundiales. Definitivamente, el pluralismo social de gobierno y el pluralismo económico de mercado y de trabajo deben ser impulsados y su libertad debe ser asegurada y garantizada igualmente por gobiernos pluralistas, por una nueva forma de gobierno, la de las asambleas pluralistas conformados por delegados sectoriales de las fuerzas sociales constructivas, los cuales sólo pueden provenir del ámbito creativo cultural y económico popular de la ciudadanía.

La sociedad civil o pueblo debe autogobernarse y no dejarse reemplazar por la ficción política del poder acaparador y destructor, si quiere sobrevivir en paz y desarrollo.



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