raulmanla:
El colapso estructural del monopolismo.
El último crack de la bolsa norteamericana de Wall Street, en realidad de la bolsa financiera de los grandes consorcios transnacionales, marca el capítulo complementario de la eclosión mundial del monopolismo político y económico. Es la continuación del hundimiento del bloque soviético que fue condenado a no sobrevivir al depender de un pseudosistema político monopólico que había agotado todos los recursos sociales. A diferencia, el capitalismo financiero monopolista tiene la opción de acudir al salvataje oficial impuesto a la cuenta de la apropiación de los recursos sociales existentes.

Es el proceso de desgaste social protagonizado por los extremismos del poder político y económico del Estado monopolista en sus dos vertientes: la una de la revolución totalitarista identificada con las imágenes a la carta que van desde el populismo con careta social tipo SS21 hasta el socialismo y el comunismo como plato final, de representación o imposición de facto y, la otra, o el otro extremismo, el del poder económico financiero del capitalismo monopolista, que controla el poder político de los gobiernos mediante la representación autoritarista o democracia de Estado.

Los primeros y los últimos se manifiestan en clara oposición al principio fundamental de la economía: la defensa incondicional de las leyes de equilibrio del mercado libre, tan viejo y tan válido como la fuerza de la gravedad terrestre, dueña y señora de la circunstancia humana, salvo se dé cumplimiento a condicionamientos y controles específicos e inalterables si no se quiere correr el riesgo de precipitación en caida libre, como ha sucedido en ambos casos.

Todo intento de política monopolista de infrigir esta ley es temerario y condenado al fracaso. Quizá sólo la cultura, al requerir de la libertad creativa como lo hace la economía, es capaz de condicionar este principio a sus propias necesidades. Revisemos este trascendental principio natural, conocido con el apelativo de “ la mano invisible” o, más bien debería decirse de la “invencibilidad o la muerte súbita” y que, sólo cuando se lo respeta se crea la posibilidad de mantener y asegurar el equilibrio social en un crecimiento estable, lo cual nos lleva a pensar que incluso los tales ciclos económicos no serían más que una invención de justificación del monopolismo.

En ambos casos, todo intento de desafiarlo -quizá porque su impopulismo no resiste los embates iniciales del poder aunque no deje de pasar la cuenta en forma tardía- ha llevado siempre a la crisis y al derrumbe de los falsos sistemas sociales que se experimentan en el contexto político y económico mundial. En todos los casos, el protagonista principal del desafío son los grupos monopolistas y la tragedia o la cuenta siempre lo paga la sociedad civil o pueblo por su poca precaución al haber concedido reiteradamente a las demagogias el poder por el poder, sin exigir, por derecho soberano, ni contratos ni garantías y tan sólo ceder a las exigencias temerarias de las minorías monopolistas.

Lo mismo sucede con los supuestos dilemas de la globalización, ya que ésta no es más que la economía sin fronteras y por lo tanto rige el mismo vilipendiado principio de las leyes del mercado libre, cuyo principal perturbador es el sector político, por excelencia expresión o apología del peligroso fenómeno monopolista, cuyo origen proviene de los extremismos de conducta biológica o materialista de los sectores económicos y culturales, partida de nacimiento de la derecha y de la izquierda política, así como de otros subsectores como el militar y el religioso, salvo el cristianismo u otras creencias con manifestaciones de antipoder.

El genio del sentido común y gran fantasma de los monopolios, Adam Smith, señalaba en su obra “La riqueza de las naciones” del año 1776, hace 230 años, que ésta depende de la eficiencia del trabajo y de su capacidad de gestión del pueblo organizado, así como de la proporción que se guarde entre el número de los que se emplean en trabajo productivo y el de los mal empleados o burocracias privilegiadas. Es decir, el único trabajo válido para el desarrollo social es el creativo y organizativo de la producción de bienes, servicios, ideas y pensamientos constructivos que proviene de los sectores fundamentales de la sociedad que son sólo dos y no más de dos: el cultural y el económico, mientras que los demás que tienen un orden secundario al constituir subproductos de los anteriores, pertenecen al orden especulativo o artificial, cuyo valor siempre estará en cuestionamiento dependiendo de su aporte real u ocasional a la sociedad o pueblo.

Entre los subsistemas sociales más cuestionados por su mayor incidencia y protagonismo generalmente deficiente es el político, que se ha institucionalizado, como marca de la apología de lo deseable pero irrealizable, por medio de la fuerza y la persuasión en forma de Estados y sus gobiernos, así como de los grupos inversionistas de poder real financiero que intentan controlar el mercado. Ambos instaurados por el poder concedido o adquirido que llevan a cabo actividades especulativas sin disponer de capacidades reales ni resolver necesidades reales de la sociedad en proporción directamente proporcional al apetito de sus dirigentes.

Al constituir ambos una ficción productiva dotada de un superpoder material sobredimensionado por su carácter monopólico, sus actividades tienen como consecuencia la generación de crisis social, que tarde o temprano alcanzan el punto de eclosión propio, los cuales, cada cual a su manera, desequilibran peligrosamente el sistema social entero. De esta manera, las generaciones presentes hemos sido testigos de dos grandes eclosiones del sistema político-económico de los regímenes de gobiernos de minorías con poder político y económico monopolista.

La primera concluyó con la caida del muro de Berlín, que dió fin a la aventura marxista-leninista del Estado de organización social y económica comunista, que desapareció por colapso o congelamiento del pseudosistema político-económico. El lado de la extrema izquierda del sistema político-económico monopolista se liquidó a sí mismo y nadie ni nada hubo para acudir en su rescate y más bien todos los países de la órbita roja optaron por abrir sus economías a márgenes capitalistas de mercado libre. La segunda, estamos presenciando estas semanas.

Otro colapso de aquellos sistemas ficticios que cuando no hay poder o quien les controle acaban tumbándose a sí mismos, luego de destruir a los demás en lo posible. En conclusión, creemos que la economía del libre mercado lo resuelve todo, siempre y cuando los gobiernos ejerzan un estricto control de todo lo que es contrario precisamente al libre mercado, esto es en especial a toda manifestación del monopolismo, incluyendo sobretodo el político, lo cual, claro está, es imposible en el vigente sistema, puesto que ningún gobierno monopólico actúa contra sí mismo ni contra el monopolismo económico.

Por esa razón lógica, el gobierno del pluralismo social es la única alternativa o solución sine qua non contra el monopolismo político y económico causante de los debacles políticos y económicos de las últimas décadas, de las anteriores y de las próximas si se permanece obstinadamente en el sistema político de gobierno de minorías de poder monopolista, y peor aúnsidisponen del poder de atribuirse decisiones en lo económico.

El sistema social del gobierno pluralista, del gobierno de-por-para todos es la única alternativa viable que siempre ha existido y nada mejor no se conoce, pero nunca se ha decidido aplicarlo por impedimento del monopolio devastador, que siempre se mantendrá activo y agresivo mientras cuente con el entusiasta apoyo de la mayor parte del electorado que, en los momentos claves electorales parece interesado en todo, menos en acertar.

Más reflexiones en la próxima entrega o www.mov-sol.com.
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