09/07: La foto escuálida

Me quedé absorta. El colombiano, tal como entró, desapareció.
Mientras regresaba al trabajo, apurada para saber más a través de la Internet, me golpeaba la frase: “Una operación de rescate impecable”. Efectivamente, se repetía hasta el cansancio que la “Operación Jaque” no había dejado un solo muerto, ni un herido, ni nada. Mi inquietud aumentó cuando en los minutos siguientes apareció Ingrid Betancourt y lanzó un pequeño discurso, entre religioso y político, para explicar “el milagro de su libertad”. Recién, ingenua yo, la conocía, pues nunca había investigado quién era este ser devenido en símbolo del secuestro por la perversidad de las FARC.
Pero resulta que la Betancourt me mató de pasmos y contrariedades. He llegado a una conclusión: ella fue secuestrada mientras estaba en campaña electoral, estuvo cautiva 6 años en los que escribió notas, lloró mares, leyó la Biblia y se dejó fotografíar en una pose de virgen raquítica –una imagen que hizo odiar a las FARC- y luego fue redimida en una cruzada que terminó, vaya sorpresa, en una tarima en la que siguió siendo candidata… O sea, lo escribo con estupor, la señora Betancourt ha aparejado, con su secuestro, ¡la campaña electoral más larga y calamitosa que ha conocido la historia colombiana!
Simulación de teatro: una campaña electoral, el entreacto del secuestro, y la continuación de la campaña…
Hay algo de soberbia humana en el desenlace del caso Ingrid Betancourt. No es la libertad lo que cuenta aquí sino la falsa inocencia del poder o del discurso del poder asumido por la señora Betancourt horas después de su rescate. A los secuestrados, según la psicología, les ‘ataca’ a veces el “Síndrome de Estocolmo”, o, por el contrario, un odio primario hacia los secuestradores. Pero a ella, una vez liberada se le ha abalanzado el Síndrome del Poder y lo recibe con gusto. (¿Lo recibe? ¿No es que siempre lo tuvo por su origen de clase?)
Ese día ni siquiera fue a un laboratorio biológico o a bañarse con sales y agua caliente o a dormir en un tálamo mullido cuarenta horas seguidas ¡no! Decidió proseguir su campaña. Decidió, otra vez, encarnar el discurso del poder y hacer un ciclo mediático desde su preliminar campaña, el secuestro y la alargada campaña. Al decir de Fernando Vallejo, ese colombiano sin Colombia, en aquellos tiempos ella “se hizo secuestrar”.
De pronto me doy cuenta: ni una sola cavilación profunda ha dejado en la señora Betancourt el secuestro. Ni un pensamiento singular y propio. Todas sus intervenciones se hallan teñidas de lugares comunes y pacifismos fáciles. Si no le atacó el Síndrome de Estocolmo, por lo menos pudo salir de la selva distinta, pensativa, reflexiva.
Pero no. Salió igual o peor que antes. Dispuesta al show. Dispuesta al flash. Dispuesta, incluso, a firmar su primer afiche de campaña –su foto escuálida- por la presidencia de Colombia… o el Nobel de la Paz.
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Carol Murillo Ruiz
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FERNANDO AGUILAR OLMEDO escribió: