Carol Murillo Ruiz:
Cayó en mis manos un libro que el Ministerio de Educación difunde para guiar a los adolescentes: “Mi sexualidad”. Lo hojee. Lo leí. Me espanté. Sí, me espanté. ¿Cómo es que a mí no me enseñaron nada, de lo que allí se explica, cuando era una feliz adolescente que se pasaba leyendo novelas victorianas y una que otra novela erótica publicadas por Sonrisa Vertical?

¿Cómo es que yo pude vivir el mundo de la sexualidad –luego- sin tener una información tan útil para patear a cualquier idiota que osara pensar que mi cuerpo es una cosa bastante líquida? Ahora lo sé. Tuve una educación sexual precaria: unos dibujos biológicos y la llegada de una ‘enfermedad roja’ a los once años que impedía varias cosas: hacer gimnasia y ducharse.

Entonces, para salvarme del morbo que sobrevenía con eso de ‘ser mujer’ ya, acudí a la regla de oro: silencio. A los catorce, en vez de leer un libro parecido a “Mi sexualidad”, una compañera llevó a la clase una colorida revista pornográfica. Muchas la vimos con una curiosidad inmensa. Y con unas risas que hasta hoy no sé si fueron de nervios o de gusto.

Entonces, hoy, cuando veo a los detractores del libro “Mi sexualidad”, seres que seguramente ni siquiera conocen bien su cuerpo y la línea de la espalda que moviliza el mundo, me pregunto por qué prohibir o esconder o leer con miedo un libro que libera los traumas de no saber cómo enseñar las cuestiones de la sexualidad a una juventud ávida de saber bien qué mismo es el sexo, la sexualidad, los universos del placer, el funcionamiento de sus ‘aparatos genitales’, las posibilidades de la masturbación, la prevención y el preservativo, el límite del aborto, la realidad de la homosexualidad, la infamia de la homofobia, las enfermedades venéreas, los métodos anticonceptivos, y tantos etcéteras que no caben en los tratados de la sexualidad humana.

Tanta mojigatería de hembras y pastores de las tinieblas, que hoy militan contra la información, estorban, también, en el recuerdo de mi adolescencia.

Y, sin embargo, yo lo sabía todo. O casi todo. Porque sobraban en mi hogar libros –sobre sexualidad- que nadie me los daba pero los fui descubriendo a medida que la lectura se me hizo vicio. No obstante, ninguno de esos libros tenía el formato para una adolescente. Tuve que descifrarlos. Y otros, como los de literatura erótica, tan bella como paradisíaca, ‘tuve’ que solo disfrutarla.

Cuando miro a niños abusados por algún familiar, enseguida pienso: en esa casa nunca se habló de sexo. Los niños no tienen ningún tipo de información que los prepare frente a una posible agresión. No saben nada. Y no saber nada es la mejor manera de ocultar y repetir el abuso; de callar; de mentir; de sufrir.

Es desolador oír, a asambleístas mujeres pastoras de una grey ciega, que nunca dejarían leer la vida a sus chicos.

Me temo que hay algo más en esta campaña de puritanismo y que el cuento de la moral del cuerpo ajeno es, en verdad, un show polítiquero.

Pero ya se puede hablar de sexo en público. Se puede educar en sexualidad.

Por mi parte, voy a leer de nuevo el libro del Ministerio. Alguna cosa no he de saber. No quiero, frente a una posible conquista, pasar por una mal educada sexual.





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Carol Murillo Ruiz

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