Iván Vallejo:
Madrid, domingo 25 de mayo de 2008
Queridos amigos del Ecuador y del mundo
Les escribo desde Marqués de Urquijo en Madrid, desde la casa de la familia Lorente. Esta familia que fraternalmente me ha acogido en su hogar y en su casa desde hace once años cuando inicié mi aventura por el Himalaya tras la búsqueda de las cimas más altas del mundo. Desde esta casa donde soy un hijo adoptivo, donde han hecho suyas las preocupaciones de cada una de mis expediciones y también han hecho suyas, cómo no, mis logros y mis victorias, les escribo para hacerles saber que voy de vuelta a casa.

Esta mañana salí a correr en el parque del Oeste pero lo hice sin presión alguna y con el cronómetro apagado porque esta vez no salí para mejorar el tiempo o mi resistencia al ácido láctico. No. Qué va. Hoy salí a correr por el puro placer de hacerlo y sobre todo para ejercer uno de los actos más nobles del ser humano, el de la gratitud. Hoy salí para decirle gracias al parque, a los árboles, a la hierba, a las cuestas y a las calles contiguas por el favor que me han hecho durante estos once años de estancias previas antes de ir a Nepal.

A dos cuadras de Marqués de Urquijo está el Parque del Oeste, una enorme extensión repleta de verde, con jardines, con llanos y con cuestas. Con niños rubios que juegan en el arenal. Con viejitos de paso corto y arrastrado que van de la mano de sus nanas latinas. Con rumanos dormidos en las banquetas cobijados con las hojas del suplemento económico del País. Con perros pijos, tan pijos como sus dueñas, ellos con correa de marca y ellas corriendo con las mejores marcas.

En ese parque estuve esta mañana, corriendo pausadamente, respirando hondo y tranquilo para que el ejercicio de gratitud me saliera como una oración. Casi enseguida logré un compás entre mi andar y mis pensamientos, y simplemente decía:
Gracias por los kilómetros recorridos, por el aire que he podido respirar, por el frío de las mañanas de otoño, por la frescura de los pinos en la cuesta de Pintor Rosales, por la hierba mojada donde me tendía a estirar mi espalda después de la carrera, por el infinito cariño de los Lorentes, por la suerte de haberlos conocido y ser parte de ellos, por todos los amigos que he hecho y he conocido en este Madrid precioso y encantador.

Gracias por la generosidad de la vida que, con el pretexto de viajar hasta esas montañas tan altas y tan grandes, me ha hecho ciudadano de paso de este lugar que lo llevo en mi corazón. De este Madrid de Joaquín Sabina, de las Ventas y la Feria de San Isidro. De este Madrid de inmigrantes y de turistas. De este Madrid que no duerme y que tiene una juerga, para mi gusto, la más bestial del mundo. De este Madrid de la Gran Vía, de Vallecas y Carabanchel. De este Madrid de los atascos y el flamenco de La Soleá.

Desde esta ciudad hoy tomo mis cosas, las empaqueto y me vuelvo a casa, a ese lugar en el que me tocó en suerte nacer. A ese país donde abundan las muestras de afecto, donde el tiempo corre más despacio porque el ritmo es distinto, a ese país que tan generosamente me ha apoyado en todos estos años de mi gran aventura en la Cordillera del Himalaya.

Volveré a este Madrid querido, de camino a las montañas sin duda. Pero también volveré por el simple placer de hacerlo porque aquí está una parte de mi vida, de mis afectos, de mis gustos, de mis amigos y desde luego mi familia adoptiva.

Tengo mucha ilusión de regresar a mi casa, a mi país, a mi familia, a mis amigos, porque ahora quiero compartir con ustedes lo que he recibido a manos llenas en todos estos once años de proyecto y en particular en mi último ocho mil, la cima del Dhaulagiri.

Estaré en Quito el martes a las ocho de la mañana en vuelo de KLM.

Hasta ya mismo.

Un gran abrazo.


Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO


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