Carol Murillo Ruiz:
Llegué al hotel cansada. Encendí la TV hasta realizar las tareas que implican acostarse y dormir. De pronto, en la pantalla se sucedían dibujos, pinturas, fotografías, trazados, como piropos abiertos, de lo que enseguida reconocí eran vaginas. Muchas vaginas. Me senté al filo de la cama a ver de qué se trataba aquel programa extraño. Estaba fascinada.





Una sucesión de explicaciones, datos, sutilezas implícitas, miradas de arte y estética sobre ese “lugar ciego”, como lo llamara Catherine Blackledge, en su libro “Historia de la vagina”, complacían la sensación de que la vagina no es un lugar oscuro, sombrío, tenebroso a los ojos de las mujeres que desconocen partes de su cuerpo porque están ubicadas en las zonas del pecado de la carne, sino porque es posible mirar la vagina más allá de sus utilidades orgánicas y sí en sus posibilidades del placer de observar, tocar y morder.

Nunca ví la obra teatral Monólogos de la vagina, pero supongo que en ella la vagina que hablaba, así decía el promocional, era una vagina atrevida, ingeniosa, lúdica. Ahora, recordando aquel programa que duró más de una hora, me fijo en otras cosas que están alrededor, dentro y fuera de la vagina de una mujer. Cosas que permiten leer la historia de las mujeres de un modo terrenal, sin acudir a ningún refrán que humille al patriarca.

La vagina es un lugar sin luz que tantea la luz de los otros. Es un lugar erótico (¿dónde no está lo erótico?) y es un lugar político. Allí reposan los augurios del goce por el que pasan hombres y mujeres cuando se entrenan para la vida de afuera –de afuera de la vagina- y cuando salen de ella y cuando entran a ella.

Es el lugar erótico por excelencia aun cuando la pornografía se haya inventado maneras de operar el sitio para que aparezca más estético y más carnívoro. Es el lugar erótico que acumula en su lecho interno una función para tratar los filtros de la esperma. Así lo explica Blackledge. ¿Le creen?

La vagina es menos que una cavidad húmeda y tibia. Insisto, es una comarca política. Allí, desde la historia anterior a la historia, los artistas hallaban en la vulva espacios del cerebro deglutiendo placer, y, en sus dibujos, la exposición de decenas de vulvas preparando el camino a la vagina profunda. Proponían una lectura colectiva de pasión que solo era calmada cuando la visualización del pasadizo femenino alzaba su poder, el gran poder, en sociedades primitivas y en sociedades modernas.
En sociedades modernas (occidentales) el territorio político de lo privado develó el lugar de otro punto alto de la vulva y los labios menores: el clítoris. Entonces, la potencia femenina logró el volumen de una delicia flagrante. Este desciframiento concentraba su lucha desde algo tan pequeño y tan redentor. La mujer políticamente incorrecta en tiempos de vientres que parían y paren con dolor, subía a un podio de erotismo sin límites.

Y, como diría el autor de “El Anatomista”, Federico Andahazi: “la sexualidad femenina ha sido siempre un problema para el poder”. ¿Le creen? Le creo. La vagina y el clítoris, también.






Carol Murillo Ruiz

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