Elecciones 2006:
Francisco Febres Cordero
¡Pobre Dios! Francamente debe ser difícil estar en su pellejo (este es solo un decir, claro).
Como es un decir que, con solo dirigir su vista al Ecuador, hay algo que le estará quitando el sueño: ¿A quién apoyar en esta segunda vuelta electoral?

Ese será, seguro, su gran dilema, quizás mayor a todos los que ha tenido que afrontar desde que puso al hombre sobre la faz de la Tierra.

Y es que el un candidato se presenta como su enviado directo y, a su nombre, impone las manos sobre los enfermos, ora por los afligidos, se postra con los brazos en cruz, exhibe a Cristo sobre su pecho, blande la Biblia como espada, invoca su nombre antes de dar inicio a los bailes sobre la tarima.

El otro, más parco, más académico, visita las iglesias con su familia, acude a todas las misas que puede, hace de la comunión un acto proselitista.

Los dos, en fin, se muestran como los más fieles aliados de ese Dios al que, de antemano, lo invitan a cogobernar (siempre y cuando Él les favorezca desde lo alto con su voto dirimente, claro).

¡Pobre Dios, lo que le espera! Si acepta el cogobierno, ya verá lo que es meterse en el Congreso para lograr hacer (o deshacer, según el caso) la mayoría. ¡Cómo tendrá que emplear allí su infinita paciencia!
¡Cómo tendrá que contenerse para no dejar salir su santa ira a fin de no echar a perder una negociación que se vislumbra posible. ¡Cómo tendrá que emplear su infinita sabiduría para seleccionar al hombre del maletín!

¡Pobre Dios, lo que le espera! Ya verá lo que es tratar de que cualquiera de sus acciones no sea obstaculizada por aquellos que, a cambio de una firma, de una gestión, de un contrato, exigen su porcentaje. Ya verá lo que es contar con la cerrada oposición de los grupos que solo velan por sus intereses, a espaldas de los del país. ¡Ya verá, ya verá!

¡Pobre Dios! Él, que usualmente ha sido respetado, venerado, tendrá que aprender (es también un decir, por eso de su omnisciencia) a entrar en la pelea en medio de los insultos más encarnizados, las patrañas más oprobiosas, las ejecutorias más ruines, los pecados más pecaminosos.

¡Pobre Dios, lo que le espera! Tantos serán los asuntos que, con su infinita sabiduría, tendrá que resolver aquí, que no le quedará tiempo no se diga para descansar (¡qué séptimo día ni qué ocho cuartos!) sino para ocuparse, aunque sea someramente, de los demás problemas del mundo que usualmente reclaman su atención: guerras, hambrunas, desastres ecológicos y de los otros, masacres, accidentes, genocidios, bushicidios y el larguísimo etcétera de devastaciones producidas por sus creaturas a lo largo y ancho del planeta.

No. Es mejor que los candidatos, si verdaderamente aman tanto a Dios tanto como pregonan, lo invoquen en silencio y lo dejen en paz. Con eso nos dejarán también en paz a los que pensamos que Dios debe quedarse donde está y que su nombre no merece ser usado ni siquiera con el -supongamos que altruista- fin de ganar una elección.

Tomado de: El Universo