Ivan Vallejo:

Viernes 29 de Septiembre de 2006
Campo Base del Cho Oyu

Amigas y amigos queridos de Ecuador y del mundo.

Reciban un cálido saludo desde del pie del Cho Oyu a 5 680 m desde el lugar que hasta ahora ha sido mi Campamento Base. Hace un par de horas he llegado nuevamente hasta aquí después de dormir dos noches más a 6 400 y haber alcanzado por segunda vez los 7 000 m de altitud. Con esto doy por terminado mi proceso de aclimatación.

Ahora que venía de regreso cargando una mochila del porte de un armario, decenas de colegas montañistas subían de camino al Campo 1, unos para cumplir con su plan de aclimatación, y otros, los que ya lo habían terminado, de camino a su intento a la cima.
A todos ellos, supongo yo, les resultaba extraño que cuando la fiesta recién estaba por empezar, yo la estaba dando por terminada. Un par de colegas, muertos de la curiosidad, se atrevieron a preguntarme si ya bajaba de la cima, les tuve que explicar entonces que mi baile era en otro lugar, en Nepal, y con otra montaña, el Dhaulagiri.

Mientras me dejo resbalar por esa ladera inmensa, mezcla de barro, nieve-agua, piedras grandes y millones de guijarros, tengo una sensación ambivalente. Por un lado, la alegría de saber que la preocupación de la cima del Cho Oyu ya no es mía, que ya no me pertenece, que es de propiedad entera y absoluta de ellos, de mis colegas, conocidos o no, que se quedan en esta montaña, la sexta más alta del mundo. Yo ya la subí, un seis de octubre de 2002 a las once la mañana con frío y muerto de sueño llegué a su punto más alto, lo primero que se me ocurrió fue echarme a dormir allí mismo en esa anchísima planicie de la cumbre, y lo hice. Me desperté media hora después renovado y feliz, le tomé fotos a la Chomolungma (el Everest), me filmé, me hice dos autorretratos para dejar constancia de la cima y arranqué de vuelta al Campo Base. A las seis de la tarde llegué donde Prem, el cocinero de nuestra expedición, a pedirle un plato de arroz con dos huevos fritos.

Iván Vallejo
Leonardo Vivar y yo de regreso en Tingri después de haber terminado el proceso de aclimatación


Con este recuerdo todavía muy claro siento el alivio de saber que la preocupación de llegar a la cima de esta montaña ya no está en mi lista.
Pero del otro lado, también siento envidia de su ansiedad; es más, yo quisiera que ese nudo que tengo en el estómago fuera por el Cho Oyu y no por el Dhaulagiri. Mientras sigo bajando por la pendiente, y de vez en cuando hago rodar uno que otro pedrusco, pienso que he hecho la mitad de los deberes: he terminado mi fase de aclimatación. Ahora me falta la segunda mitad, la más difícil indiscutiblemente, encarar el reto de llegar a la cima del Dhaulagiri.
Suben montañistas, suben sherpas, suben tibetanos, saludo a todos, unos me contestan otros no, no me importa, ese no es mi rollo, mi mamá me dijo que siempre es bueno saludar donde uno vaya. Bajo yo, bajan piedras a mi lado, unas me acompañan, otras deciden suicidarse y se lanzan al vacío, pero enseguida me doy cuenta de que es un amago barato, porque en pleno viaje se encuentran con sus congéneres y deciden no morirse y mejor quedarse conversando; ver como cientos de trashumantes suben y bajan hasta llegar al punto más alto de la piedra más grande de este lugar, El Cho Oyu. Yo mientras tanto le doy vueltas y vueltas a la experiencia del año pasado en ese mismo Dhaulagiri: en medio de tanta gente me sentí solo, sin compañero de expedición, cada quien hacía su propio plan, parecía ser una competencia por quien llega primero a la cima; luego, la equivocación del camino que conduce a la cumbre a escasos ciento cincuenta metros de ella por seguir las huellas de los coreanos; después, las avalanchas gigantescas entre el CB, el C1 y el C2 con la pérdida consecuente de nuestro Campo 2. Y como postre, el descenso épico de Christian y yo, en medio de la tormenta, buscando a tientas las carpas del Campo 1 para sentir que nos hemos salvado.
Eso fue el Dhaula en el año pasado.
Con ese recuerdo un poco amargo, todavía fresco, siento envidia de los trashumantes que hoy van por el Cho Oyu.
De vuelta en el Campamento Base, metido en mi tienda, me recuesto sobre el colchón aislante acomodado ya en mi bolsa de dormir y veo detenidamente la ilustración de la postal con la imagen del Dhaula que he colgado con unas pinzas de ropa. Ahí está con su arista larga, larga, que va a dar hasta casi la cima, recuerdo muy bien el lugar de cada campamento: la planicie grande para el Campo 1, el minúsculo y peligroso sitio para el Campo 2, la repisa estrecha y expuesta para el Campo 3 y luego la parte final que nos llevo casi… hasta la cima. Miro y miro la postal y me pregunto por qué tengo ese nudo en el estómago. Es más, seamos más concretos, por qué tengo miedo del Dhaula. Busco respuestas, hurgo razones, pienso, me callo, vuelvo a pensar, hago comparaciones y veo que los argumentos están más de mi lado que del suyo. Y llego a la conclusión que ese nudo es porque ahora no tengo compañero de expedición, me voy solo al Dhaulagiri. Es cierto que estará conmigo Sete Tamang, un muchacho sherpa de Nepal que conocí en el Everest en el 2001, el será mi compañero de ascensión, mientras tanto estaré siempre extrañando las conversaciones con el Fercho, con mi hermana Edurne, con Joao, con Santiago, con Riky, con Nacho, con Alex, en fin, con todos mis amigos y compañeros que en estos últimos años han estado conmigo en las cimas de las montañas más altas del mundo.
Pero el proyecto sigue, la vida sigue, el Dhaula tiene que ser escalado y para eso he venido. Le doy un vistazo más a la postal y entonces me imagino que Sete, a quien tendré oportunidad de conocer en este tiempo, y yo, llegaremos a la cima del Dhaula, nos tomaremos fotos y filmaremos desde allí cualquier día entre el diez y el veinte de octubre. Apago la frontal, me pongo los audífonos y me duermo escuchando Wild Child de Enya mientras me acuerdo como lloraba mientras llegaba a la cima del Kangchen,

Iván Vallejo
Pastor tibetano en la planicie de Tingri. Al fondo el Cho Oyu


Iván Vallejo Ricaurte
EXPEDICIONARIO

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